Thursday, March 6, 2014

Las armas del diablo


Juan abrió la puerta de su hogar lentamente para disminuir el miedo que lo inundaba al pensar en lo que se encontraría del otro lado. Sabía, perfectamente, que, después de la gran explosión, afuera, nada era como antes. Agradecía al cielo y a todos los santos, con su Colt en mano, que su hogar hubiese resistido, que no hubiese caído como había oído desplomarse edificios y casas vecinas.

En su casa, todos estaban bien: él, la pequeña Clara, su rubia, tierna y bella hija de cuatro años y su esposa, Ana. Nada les había ocurrido, pero el temor a otra explosión, y a la locura que se había desatado en las calles, le había hecho tomar la precaución de encerrarse lo mejor posible para que nada les sucediera.

Sin embargo ya habían pasado ocho días, los víveres se habían acabado hacía dos y el hambre los empezaba a acosar como una bestia, necesitaban alimentarse.

En esos días de encierro sólo habían podido enterarse del afuera por los ruidos del exterior: balazos; gritos de niños, mujeres y hombres; golpes y choques de autos; aullidos de perros; miles de sonidos que exasperaban los nervios. La tele, al igual que la radio y el teléfono, habían dejado de funcionar al instante de culminada la explosión. El encierro y la incomunicación en ese periodo de ocho días, habían alterado el viejo humor tranquilo de Juan, convirtiéndolo en un ser inestable y fácilmente irascible. Algunas noches, se había despertado gritando y sudando, aterrado, nombrando a sus amigos y parientes de los cuales no había tenido ni la más mínima noticia.

Clara, que dormía en la misma habitación que sus padres y se levantaba de su colchón al escuchar que su padre se desesperaba y abrazándolo con fuerzas y, entre llantos, trataban de calmarlo para que volviera a dormirse con las canciones que alguna vez su madre le había cantado a ella para dormirse. Cuando ya lograba serenarse, Ana le acariciaba el cabello en silencio, sin amor, porque aquél se había agotado en los primeros tres días, bañados de discusiones sobre qué hacer, si salir o no, si arriesgarse solo o protegerlas. La fricción de tres días había desgastado más la relación que décadas de casados.

Sí, Juan agradecía al cielo que estuviesen vivos, sí, a Dios, pues antes había sido un fervoroso creyente. No obstante, ante la reclusión, la incomunicación, el miedo y el hambre, le resultaba ridículo y sentía tambalear su firme estructura teológica. Por esa razón, había decidido dejar de rezar y salir a buscar el arma que había comprado y guardado en un cajón bajo llave para seguridad familiar. Aún con sorna, recordaba cuando, al traer la Colt al hogar, su mujer se había horrorizado y le había profetizado la trillada frase de que “las armas las carga el Diablo”. No le dio importancia, pues pensaba que jamás la usaría a no ser que se presentase una situación extrema. Y así había sido, por largos años, su vida de tirador había muerto en el Tiro Federal. Sin embargo, había llegado el momento, quizás debería disparar contra personas para asegurar el alimento de su familia, y sintió temor ante la idea de hacerlo si algún loco se le acercaba… si cualquiera se le acercaba… en esas situaciones nadie era de confianza… ni el vecino.

Finalmente, la puerta se abrió por completo. Luego de ocho días de encierro, Juan volvió a ver el cielo por primera vez sin la obstrucción de un vidrio. Observó el firmamento azul, teñido de rosa y naranja, el atardecer más lúgubre y colorido que podía recordar. En la calidez del umbral, acarició el arma, sabía que su mujer y su hija estaban a resguardo, encerradas por la segunda puerta del comedor, jamás las hubiese dejado desprotegidas. Respiró hondo, se persignó y salió a la calle a buscar provisiones.

Todo, destruido. La soledad, total. La ciudad, escombros. La única casa en pie, la suya. Se estremeció de terror, de tristeza y de compasión por los muertos. Empuñó más fuerte la Colt. En las veredas, entre grandes escombros de metal y cemento, brotaban manos bañadas en sangre, piernas rotas, cabezas estalladas. No había ni el más mínimo rastro de vida, todo era muerte, desierto, ruinas, chatarra de automóviles, soledad. El panorama era un infierno. Sus ojos no tardaron en llenarse de lágrimas y las ganas de vomitar a causa de los fétidos olores de los muertos ¿Qué hacer? ¿A dónde ir? ¿A quién recurrir? Con tal destrucción no reconocía las calles, las avenidas, las veredas. Nada quedaba en pie, todo era muerte. Sintió, triste, que todo estaba perdido.

Caminó desolado por varios minutos hasta poder hallar un sitio en pie a alguien vivo. Le pareció que habían transcurrido meses, años, siglos desde que se encerró con su familia, desde aquella última vez que había vuelto de trabajar del banco. No comprendía cómo una explosión podía causar tal destrucción. ¿Cuál era el fin, el maldito sentido de un ataque así si no habían invasores ni gente viva a la que someter? ¿Habría sido algún país del norte?, ¿europeo? ¿Por qué razón había sucedido eso? ¿Por qué Dios hizo al humano tan imperfecto y tan influenciable al poder y la guerra? Esas preguntas eran una gran maraña sin respuestas que anidaba en su cabeza y comenzaban a enfermarlo a medida que veía en la calle cuerpos de niños muertos, de bebés en sus carritos, esqueléticos, rojos de sangre, plagados de moscas.

Recién, en media hora de marcha, halló, milagrosamente, si se puede usar esa palabra dentro de ese averno, un edificio, un supermercado en pie. El sitio tenía los vidrios rotos, había changuitos, cerca del ingreso, volcados en el suelo. También observó cadáveres que parecían haberse dado muerte en una querella por alimentos. Escuchó ruidos a lo lejos y sintió que debía actuar veloz, tomar todo lo que pudiese y huir de allí para darle la triste noticia a su familia de cuál era la situación en el exterior, en la nada.

Ingresó con la Colt en alto. Maldijo el sentir tanto miedo por no haber disparado nunca sobre ningún cuerpo. El pensar que jamás tendría la sangre fría ni la puntería para hacerlo bien lo preocupaba. Esto no era un juego, no era el Tiro Federal, era la vida real y lo aterraba.

Las góndolas tenían pocos alimentos, varías cajas estaban rotas. El supermercado era un verdadero chiquero y el olor nauseabundo a muerte estaba muy condensado. Tomó algunos paquetes de fideos que encontró sanos y las metió en una bolsa grande que había hallado en la caja.

El silencio que lo acosaba era horroroso e inquietante, el único ruido perceptible era el de sus zapatos despegándose del piso pegajoso por un líquido aceitoso y espeso que prefirió no mirar para no vomitar nuevamente.

Dio unos pasos más para guardar unas cuantas latas de conserva hasta que su pie chocó con un cuerpo blando que emanaba el olor más repugnante que jamás había percibido. Dirigió sus ojos hacía el suelo y lo que observó lo repugnó y lo aterrorizó en demasía pues un pequeño ser desnudo y de piel rojiza, con pequeñas protuberancias en su frente y un hedor asqueroso a azufre y putrefacción, devoraba, insaciablemente, el cráneo del cadáver que había pisado. De golpe, el nauseabundo ser levantó la cabeza hacía él, y Juan, presó del pánico, notó que aquél demonio no tenía ojos, su lugar lo ocupaba una lisa capa de piel; sin embargo, tenía la absoluta certeza de que le clavaba una mirada más que penetrante que le torturaba el alma y lo arrojaba a los márgenes de la locura. Vio los dientes, llenos de sangre y con sesos entre ellos, grandes colmillos escarlatas. Juan no lo dudó, sacó su arma y, sosteniéndola con las dos manos, apuntó hacia la pequeña bestia que, emitiendo débiles chirridos, comenzaba a reincorporarse y abandonaba a su presa en busca de carne fresca.

Cerró los ojos, recordó las indicaciones de su instructor en el Tiro Federal: “manos firmes, concentración y frialdad”. Tomó aire, gatilló, pero la bala no salió, la maldita arma no estaba cargada, ¡por qué no se había fijado en algo tan básico! Ante el fracaso, él demonio se preparó para saltar sobre él sin titubear. Al arrojársele, Juan tuvo los suficientes reflejos como para esquivarlo y golpearlo en el aire con la Colt. El demonio dio contra la góndola de las latas y dio un chirrido que le taladró las orejas que lo obligó a taparse los oídos.

Al ver que el demonio intentaba incorporarse, supo que debía huir con los pocos alimentos que había tomado, debía escapar, lo antes posible, de allí. Nunca había imaginado esto, había pensado que se encontraría con algún loco que le querría sacar el alimento o con animales sueltos y desesperados por comer que quisieran morderlo, pero jamás esto, ni en su peor pesadilla hubiese podido haber soñado con un ser tan horripilante.

Cuando comenzó a dirigirse, precipitadamente, hacia la puerta, mientras los chillidos del monstruo se hacían más agudos y más enfermizos, entendió que no había ninguna escapatoria, que literalmente, se había inmerso en la boca del demonio pues la entrada estaba plagada de monstruos como el que había golpeado que chillaban y mostraban sus colmillos con sed de sangre, sus cuerpos grotescos, pequeños y deformes y sus garras preparadas para descuartizarlo. Juan, sin balas y atrapado por demonios que querían devorarlo, sólo pudo maldecir su suerte. Pensó en su mujer y su hija que se quedarían esperándolo y se obligó a buscar una salida por ellas. Retrocedió rápido y pisó al demonio que se retorcía en el suelo, mientras que los demás, como chacales hambrientos, comenzaron a correr hacia él.

Las piernas no las sentía, imbuido en adrenalina, iba a una velocidad que jamás había imaginado. Corría entre góndolas, esquivando ataques, pateando cabezas cual pelotas de fútbol, hasta que un demonio lo alcanzó y le clavó sus garras en la pierna derecha. La reacción de defensa fue inmediata, sin frenar la carrera, desprendió con fuerza hercúlea al pequeño demonio con su brazo y lo arrojó con gran vigor contra una pared. Incomprensiblemente, a pesar de que la herida le sangraba a borbotones, no sentía ni el más mínimo dolor. Sólo sabía que debía buscar refugio, alguna escapatoria. Entonces, vio, en el fondo del local, una pequeña puerta que rezaba “depósito” en letras grandes y rojas. Se precipitó hacia ella, la abrió de una patada y se encerró, dejando atrás un infierno de gritos y rasguños atormentadores.

Al prestarle atención al interior del nuevo sitio, se sorprendió al encontrarse con una habitación totalmente iluminada, blanca, sin ninguna caja de productos, sólo con un viejo barbudo vestido con harapos que lo miraba sonriente desde el centro sentado en posición de Loto al lado de un charco de agua y con un tablero de ajedrez enfrente con las piezas movidas. Juan, apoyado de espaldas contra la puerta, lo observó confuso. Trabó la puerta con el seguro, se dirigió hacia el anciano apuntándole a la cabeza con su Colt. El linyera emanaba una calma profunda y no dejaba de sonreír a pesar de que Juan le había apoyado el arma en la frente.

- No se preocupe, buen hombre, no le haré daño. Bajé esa pistola descargada y charlemos un rato.

Juan bajó el arma atónito ante el comentario:

- ¿Cómo sabe que está descargada?

- Porque no escuché ningún disparo contra los demonios.

- ¡Quién es usted! ¡Qué mierda pasa acá! ¡Qué son esos bichos asquerosos!

El linyera amplió su sonrisa en su rostro lleno de arrugas, movió sin prestar atención una pieza del tablero y luego sacó un cigarrillo del bolsillo de su sucia campera y se lo extendió a Juan.

- Siéntese. Usted tendrá todas las respuestas que quiera y mi ayuda.

Juan tomó asiento, incrédulo de sentir tranquilidad luego de lo que había vivido y a pesar de los sonidos molestos de los demonios del otro lado de la habitación. Tomó el cigarrillo y cuando le iba a pedir fuego, el hombre levantó un peón que emanó una breve llama que le prendió el cigarrillo dejándolo absorto.

- Como podrá observar, este cuerpo es mera apariencia. Usted está aquí porque ha sido elegido para ser el salvador de los pocos que quedan en la Tierra. La bomba que estalló, se puede decir que fue obra del Demonio, de Satanás. Él aprovechó la locura humana para imponer su reinado de peste y muerte y lo está logrando. No fue un ataque de ningún país, como usted imaginaba, tampoco fue este suelo el único que sufrió las explosiones. El mundo entero se encuentra en este estado, Satanás quiere un nuevo mundo, sin Dios y para eso hay que destruir cada cimiento.

- ¿Qué locura es esta?

- No le parece bastante real lo que vio afuera… su pierna está sangrando. Pero está bien, no lo culpo, debe creer que está enloqueciendo. Pero sepa que todo es tan real como el aire que respira, como su Ana y Clara -Juan se incomodó al escuchar en la boca del viejo esos nombres- Dios lo tiene como arma, muchos desean su muerte. Usted es uno de los pocos hombres en el mundo elegidos por su mano para combatir el Mal que busca su desequilibrio, su debilidad, atormentarlo y aprovechar su pérdida de fe e intentar que cometa errores estúpidos. Para eso estoy aquí, para ayudarlo, un mero eslabón de este tablero de ajedrez entre Dios y el Demonio, un peón si se quiere. Usted debe salir de aquí a proteger a su familia… mire, le mostraré algo.

El linyera escupió en el charco de agua que estaba en el suelo y allí comenzó a crearse una imagen que reprodujo su hogar desde afuera y las ruinas, pero algo lo alertó pues no estaba solitario como cuando se había ido. Miles de demonios rodeaban su puerta forzándola para entrar. La desesperación fue enorme, sus ojos mostraron locura, sed de sangre y ansias locas y ciegas por defender a su familia. Tomó de la mano al viejo y mirándole los engañosos ojos le suplicó ayuda. El viejo metió nuevamente su mano en el bolsillo de la campera y sacó un cartucho de balas.

- Toma, hijo mío, mata, ayúdanos y únete a nosotros.

Juan no titubeó, miró el cartucho en sus manos, era para su Colt. Cargó el arma y, decidido, salió hacia la puerta preparado para llevarse por delante a cualquier demonio que se le viniese encima. Miró a sus espaldas para agradecerle al anciano, pero al voltear ya no había nadie, entonces pensó que lo correcto era agradecerle a Dios.

Las manos le temblaban, aún se oían los demonios del otro lado. Debía actuar rápido, allí no podía usar las balas puesto que no tendría con que defender su hogar, así que debía atropellarlos, usar esa adrenalina que corría por su cuerpo. Movió el seguro de la puerta, se preguntó cómo había hecho el linyera para desaparecer y se precipitó como un toro hacia el interior del supermercado.

Para su sorpresa, al irrumpir en lo que había sido un infernal recinto, no había nadie. El supermercado estaba completamente vacío. Lo único que observaba era el desastre de la lucha que había tenido anteriormente, pero no había rastros de demonios.

Preocupado, hundiendo sus manos en el pelo, temía haberse vuelto loco. Recordó la soledad en la casa con su familia, el encierro, el temor, la incomunicación, la certeza del desastre y pensó que quizás eso le había trastornado irreversiblemente la cabeza al punto de ver visiones. Pero, no, no estaba loco, no podía estarlo. Todo había sido real. La pierna, como le había hecho notar el anciano, aún le sangraba, los rastros de la lucha estaban en el sitio, el hombre muerto con el cráneo devorado estaba en el piso, la Colt estaba cargada. No, no podía dudarlo, no estaba loco. No había tiempo que perder, era la oportunidad de correr hacia el hogar, salvar a la familia y después a meditar sobre las palabras del extraño linyera.

En el exterior, la noche había caído, la luna alumbraba tenue y confusamente el desastroso panorama. Su cuerpo agitado, exhausto, demacrado, pisaba cadáveres y escombros sin mirar, nada podía detenerlo, era un autómata corriendo con su Colt colgando de su mano derecha y con un único objetivo: llegar a su casa. Las sombras eran difusas, el exterior, engañoso, pero no había tiempo para analizar, para comprobar qué era real y qué no.

El retorno no le resultó un camino complejo, puesto que su hogar era el único que había quedado en pie. Al acercarse allí, no vio la enorme cantidad de demonios de la imagen, sino solo a dos en la entrada que voltearon para mirarlo con sus rostros sin ojos.

Nada había sido un sueño, nada había sido una maldita pesadilla como hubiese deseado. Los seres repulsivos estaban a cincuenta metros de él y no los dejaría acercarse. Levantó la mira del arma, recordó el Tiro Federal, nuevamente la frase de su instructor venía a su cabeza: “Manos firmes, concentración y frialdad”. Los demonios, uno pequeño y otro más grande, se acercaban hacía él con las garras, asquerosa y amenazadoramente, tendidas como queriéndolo abrazarlo para descuartizarlo.

Juan no lo dudó, descargó dos balazos secos en la velocidad de la corrida que dieron en las frentes de los demonios. Se sorprendió de la gran puntería, de su suerte, de poder matar a esas atrocidades desde tan larga distancia. Ya estaba cerca del hogar, ya estaría con Clara y Ana. Las defendería, las protegería, sería por siempre su guardián y podría pensar en lo que le había dicho el linyera. Pero a cinco metros una piedra lo hizo caer bruscamente de boca al suelo y, por primera vez, sintió un intenso dolor en la herida de su pierna derecha.

Intentó reincorporarse, lentamente, le sangraba la boca y tenía rota la nariz, sus ojos estaban nublosos. Con los brazos extendidos, intentó hacer fuerza para levantar el torso pero al apoyar su mano en el suelo, tocó el cuerpo viscoso de uno de los asquerosos demonios que había aniquilado. Miró hacia el cuerpo repugnante esperando reencontrarse con la horrenda imagen ya conocida del supermercado, pero sus ojos, nublados por las lágrimas y la sangre, no le permitían distinguir bien la forma tendida y muerta. Lo único que pudo vislumbrar fue que la piel del ser no era roja como la de los demás.

Se acercó más, tanteó el cuerpo y sintió un cabello largo y sedoso. Olió el aire y percibió que el aroma que despedía el cadáver no era nauseabundo del supermercado sino otro sanguinolento mezclado con un dulce perfume. Se fregó los ojos para intentar observar mejor aunque una mala sensación le comenzaba a torturar el interior de su alma como un mal presagio. Luego de sacarse el puño de sus ojos, observó la horrenda realidad.


El cuerpo tendido frente a él, con un certero balazo en la frente, era el de la pequeña Clara. Los ojos de Juan mezclaron la sangre con un horrible llanto, se desesperó. Pensó en el otro demonio que había matado, que debía estar a sus espaldas y volteó. Entonces se encontró con el cuerpo de Ana, también muerto. De repente, cuando imaginaba que había llegado al límite de la locura, de la desesperación, del horror, el cuerpo de su mujer, muerto, se incorporó, se sentó, torció la cabeza para clavarle unos ojos sin pupilas y le con la voz del linyera repitió la frase tan trillada “las armas las carga el Diablo”. 

Wednesday, February 5, 2014

La despedida

Un joven y una muchacha están solos en el balcón de un boliche de Palermo. Él viste de smoking negro, ronda los dieciocho años. Ella, de la misma edad, tiene un vestido rojo largo hasta las rodillas con un pronunciado escote en la espalda en donde se ve el tatuaje de un sol. La muchacha saca, nerviosa, de su cartera un paquete de cigarrillos. Toma uno con los dedos temblorosos, lo lleva ansiosa hacia sus labios húmedos. Él tiene las manos apoyadas sobre la baranda y, en la luna, la vista perdida que vuelve para mirarla.

- Es muy raro.- Rompe el silencio mientras ella exhala la primera bocanada y asiente con una sonrisa.- Pero estoy muy feliz.

- Yo también.- Contesta ella al tiempo que se corre su pelo castaño de la cara pálida y da una nueva pitada al cigarrillo.- Nunca me imaginé que pudiese pasar eso. Lo deseaba, me moría de ganas, pero no pensé que vos.

- Y yo ni…- sonríe al minar terla frase, saca su vista de la luna y gira para encontrarse con los ojos húmedos de ella.- ¿No te arrepentís?

- No.- Resopla indignada.- Cortala con eso, ya te dije mil veces que no me iba a arrepentir. Me hubiese arrepentido si no actuaba, si dejaba eso trunco. Ahí me hubiese arrepentido.

- Sos tan linda, te voy a extrañar.- Contesta, mientras pierde nuevamente su mirada en el horizonte, en la noche estrellada.- No sé si hice bien o mal. Pero ayer supe que era la última vez y no pude contenerme.

- Yo, también te voy a extrañar. Hicimos bien, no empieces a torturarte al pedo. A mí me cuesta el doble. Abrir esta puerta es terrible más estando…

- Lo sé, lo sé, desde que entraste el año pasado, en cuarto, me flechaste y me callé por eso… Me mordía los labios al verlos tan bien y a vos tan segura de lo que sentías. Pero ayer no pude controlarme en lo de los chicos, ¿me perdonas? No quise joderte, te respeto.

- Dejate de hinchar, no tengo nada que perdonarte. Hice lo que sentía e insisto la pasé muy bien.

- Soy tan boludo. Esperar hasta quinto, hasta el final, para abrirme. Siempre te pensé como un imposible, estabas en otra y yo me moría de ganas de que te dieras cuenta de que quería estar con vos. Y ayer cuando me enteré, a la mañana, de que te ibas no pude callarme a la noche. Pasó lo que tenía que pasar, sí, pero como nació, murió.

Ella se acerca al costado de él que tiembla volviendo los ojos a la luna que sigue estando redonda y vigilante. Tira la colilla a la calle, apoya las manos en la baranda, la derecha al lado de su izquierda.

- Entendés, siento que no nos conocimos cuando teníamos que conocernos.

- Nos conocimos cuando nos teníamos que conocer, Leandro. Ayer fue el momento indicado. Creo en el destino y esa era la forma. Teníamos que estar juntos. Yo quise estar con vos, pero no me animaba y además está…- El silencio incomoda a ambos, la nostalgia de él se le contagia a su voz.- Nada… me voy a Mendoza, no a China. Calculo que vendré de visitas, tengo familia acá, y nos podemos encontrar.

- No sé, ¿qué sentido tiene? Te voy a seguir jodiendo, ya bastante con lo de ayer.

-  ¡Sos terrible! A ver, nadie me obligó. ¿Sí? No me jodiste.

- Si vos no me querés ver es otra cosa, lo respeto.

- ¿Cómo no voy a querer?

- Pasa que ahora el verte todas las semanas se convertirá en una vez cada mucho. Va a ser duro. Antes me esperanzaba y me ponía ansioso con la llegada de la hora en que te iba a ver. Ahora, esa hora va a ser amarga tan cargada de tu ausencia va a quedar. Hasta antes de ayer con que me dieses un beso en la mejilla y me peleases era suficiente para alegrarme. Ayer, todo eso que nos tiene acá y ¿mañana?

La mano de ella se apoya sobre la de él que aleja su mirada del horizonte para clavarlos en los de ella que tiembla de pies a cabeza. Una lágrima cae y él la ataja con su dedo. Se besan en un profundo abrazo.

- Mañana, no sé qué decirte del mañana.

Él asiente con tristeza, mientras la luna se esconde al parpadear.

- Me va a costar mucho. No me voy a olvidar de nada.

Ella se muerde los labios deslizando un leve “Yo tampoco” mientras se limpia los ojos con un pañuelo rosa y mira con sorpresa adentro del boliche.

De golpe, ingresa al balcón otro joven de la misma edad de ellos también con un smoking.

- Amor, Leandro, ¿qué hacen acá? Se viene el vídeo y el brindis.- Moviendo una mano como una matraca y batiendo su cabellera rubia se acerca al joven que voltea y ve a la muchacha que se acerca al rubio.- ¡Vamos que después es la fiesta!

- Sí, vamos.- Responde el joven al tiempo que los mira salir, ve sus espaldas, el sol tatuado y se despide con un movimiento de cabeza de la luna que fue testigo.


Sunday, January 19, 2014

Para corazones rotos nada mejor que una porción de pastel de arándanos


Esta vez comparto el comentario de una película del gran director chino Wong Kar-Wai en el mundo de Hollywood que reflexiona en que se puede seguir adelante a pesar de los golpes el amor: "My Blueberry Nights (2007)" 

La trama presenta tres historias conectadas y enmarcadas por el personaje de Elizabeth que destrozada por un desengaño amoroso, conoce a Jeremy (Jude Law), el dueño de un bar, al cual le da la llave de su ex (que la ha abandonado) para que se la devuelva. Con los días de visitas para ver si el otro las había pasado a buscar, se va entablando una amistad en la que la ayuda a curar sus penas con pastel de arándonos y  historias sobre otras llaves, cual "Las mil y una noches", como relato para salvar de la muerte, del dolor. Sin embargo, luego de largas noches, decide partir de Nueva York para olvidar y encontrarse a sí misma.  

De esta manera, conduce hasta un pueblo en donde trabaja en una cafetería de día y, de noche, en un bar. Allí conoce a Arnie (David Strathairn), un policía alcohólico que también intenta olvidar, pero con menos suerte, a Sue Lynne (Rachel Weisz), una femme fatale por la que vale la pena morir. Al culminar dicha historia, se marcha a Las Vegas donde conoce a Leslie (Natalie Portman), una jugadora de póquer desconfiada de todos y, en especial, de su padre.  

Todas esas historias sirven para darle a Elizabeth una forma de aprender cómo se representa el amor en cada persona, cuáles son sus consecuencias, qué dolores provoca. Estas se convierten en un camino para rearmar su personalidad y volver al punto en que la espera Jeremy quien ha intentado ubicarla comunicándose por la narración de sus postales, sus historias de viaje. El que haya otro en el final del camino es  motivo para recorrerlo No fue tan difícil cruzar esa calle, después de todo. Todo depende de quién espera al otro lado.” 

Es interesante destacar el motivo de las "llaves" pues el encuentro con Jeremy la hace tropezar con una gran cantidad que él guarda en un frasco sobre la barra, la suya propia tambiénEstos llaveros pertenecen al pasado, guardan sentimientos, congelan el tiempo y enlazan historias de amor truncadas que esperan volver a empezar – ¿Crees que vendrá a por las llaves?/ - No lo sé. /- Los clientes llevan años dejándome llaves.- A veces se las llevan a los pocos días. A veces a las pocas semanas.- ¿Y la mayoría de las veces? La mayoría, las llaves se quedan en el jarrón.- ¿Y por qué las guardas? Deberías tirarlas.-No. No podría hacer eso.- ¿Por qué no?- Si tirase las llaves… esas puertas quedarían cerradas para siempre. Y no soy quién para decidir eso. Sin embargo, también existe una visión pesimista que Elizabeth plantea: A veces, aunque tengas las llaves, esas puertas aún… no pueden abrirse, ¿no? Incluso si está abierta la persona que buscas tal vez no este ahí. 

Se puede pensar que las tres historias enmarcadas en el viaje de Elizabeth representan el camino simbólico de un ser en búsqueda del deseo de iniciar su propia historia amorosa luego de sepultado el deshonor. Una huida emocional por la ruta 66 que la conduce a  distintas lugares con las que comparte su experiencia, aprende y cobra sentido esa frase que dice “¿Cómo le dices adiós a alguien al que no puedes imaginarte sin él? No dije adiós. No dije nada. Sólo me marché. Al final de esa noche, decidí tomar el camino más largo para cruzar la calle.. Así como las sombras de los trenes acechan a los personajes, los recuerdos también. Las personas y los recuerdos se conforman en un todo que hace que ella sienta que algunas veces nos espejamos. El otro y la experiencia de reconocerlo es ese viaje de búsqueda interior que arranca en Nueva York, va por la ruta 66, pasa por Las Vegas y llega directo al corazón. "A veces dependemos de otras personas como espejo. Para definirnos y decirnos quienes somos. Y cada reflejo hace que me guste un poco más lo que veo.” 

Finalmente, hay que exaltar los bellos planos que regala Wong, su precioso manejo de la imagen. Con ella propone el juego de frenar el tiempo, como la del rostro de Elizabeth a punto de ser besado por Jeremy mientra duerme o las lentas entradas al bar de Sue LynnePor otro lado, los trenes, los tranvías, los caminos y las rutas, en cambio, le servirán para acelerar y mostrar lo fugaz, la caducidad y lo transitorio.

Sunday, January 5, 2014

Un libro joroschó y nadsat

Anthony Burgess, el autor de La naranja mecánica, nació en Manchester, Inglaterra, en 1917 y falleció en 1993 y es considerado uno de los principales novelistas en lengua inglesa. Inició su carrera de escritor en Malaya (denominación británica de un los estados que constituyeron, en 1963, la Federación de Malasia) durante los últimos años de la década de los 50. Escrita en 1962, la obra está inspirada en un durísimo acontecimiento que vivió en Gibraltar. Allí se enteró de la internación de su esposa en el hospital de Londres. Esta había sido asaltada en la calle por un grupo de desertores americanos que intentaron robarle y la golpearon hasta provocarle el aborto de su hijo. Luego de ese horrible episodio tuvo la inspiración necesaria para escribir un texto violento, provocador y brutal. 

La historia nos sitúa, más que en un oscuro futuro indeterminado, cruel y pesimista, una verdadera antiutopía. Allí vive Alex, el narrador homodiegético en primera persona. Un chico de ¡quince años! que le encantan la música clásica, en especial “La novena” de Beethoven, estar siempre a la última moda, la violencia, el sexo duro con lindas chicas, no ir a la escuela, no respetar a sus padres, y demás acciones que a cualquiera le escandalizarían o no, en un niño de quince años el cual lleva todo eso adelante con goce. Se reproducen, en cierta manera, hiperbolizados, los nuevos valores de la sociedad de posguerra. Una sociedad que solo desea satisfacer su goce a través de la violencia y el sexo para evadirse de la basura que propone una sociedad decadente. 

Es a causa de esa realidad, que este adolescente tiene su pandilla de vándalos a los que llama “drugos”[1], con los que sale a golpear ancianos, a violar, a robar. Pero la violación no es una violación cualquiera, sino que la mujer que la sufre es la esposa de un escritor, que está escribiendo chan, chan, chan, “La naranja mecánica”Puesta en abismo interesante. Se puede pensar, teniendo en cuenta lo planteado al comienzo, que Burgess hace en la introducción de este violento suceso arte de su sufrimiento, logra sublimar su padecer en obra de arte.  

Pero este film, nos mostrará que no se puede vivir siempre en el desenfreno y, por eso, en una de esas “tiernas actividades”, a Alex se le pasa la mano y  mata a su víctima. Entonces, sus “drugos”, lo traicionan, lo dejan solito, viene la policía y termina preso. Aquí, Alex pasa a ser un largo número, entrará en un sistema penitenciario que buscar reformarlo a través del nuevo sistema de rehabilitación: “Ludovico”, que consiste en algunas inyecciones y ver películas, lo que al niño le parece algo no tan terrible y acepta gustoso. Pero resulta que los films no son para que goce, sino que le pasan escenas de pura violencia, con un aparato que le mantiene los parpados abiertos, mientras que un médico le pone gotas en los ojosEl sistema conductista utilizado por el gobierno, para restituir a los presos (basado en el behaviorismo y en Skinner) funciona a la “perfección”. Alex responde con  repulsión ante la violencia, ante el deseo sexual, ante la música clásica. Sin embargo, esta "curación" se convierte en un problema para él, pues a partir de aquí debe enfrentar al mundo que sigue igual o peor de enfermo que cuando lo dejó. En conclusión, vuelve a un espacio que se plante en contra de él pues es rechazado por sus padres, atacado por un grupo de ancianos, casi muerto por sus ex-drugos, que son policías yen último lugarutilizado con fines políticos. 

Más allá del gran estilo literario, de la utilización de un dialecto inventado, de las escenas de brutal violencia, el eje de la novela es: el humano visto como máquina capaz de ser moldeado dentro de un espacio perverso y decadente. Pesadilla de anticipación de la decidía, la incomunicación y la decadencia de la sociedad occidental del siglo XX que, luego de las grandes guerras y en tiempos de la "guerra fría",
se encierra en los escapes de goce que el sistema le otorga. 

Léanlo, me es difícil decirles que lo disfruten, pero si pueden, háganlo. Si no quieren leerlo sepan que está la película, una de esas de culto. El director Stanley Kubrik (Odisea 2001: en el espacio, El resplando), la llevó a la pantalla grande en 1971, protagonizada por Malcolm McDowell, como Alex 

Curiosidades

La verdadera traducción del libro no es “La naranja mecánica”. Recordemos el titulo original, A clockwork orange. La palabra “orange” significa “naranja” en castellano. Sin embargo, en este caso proviene de “ourand”, palabra de origen malayo, donde vivió muchos años Burguess, y quiere decir “persona”. Por lo tanto, según el juego de palabras creado por el autor, el titulo real de la novela es La persona mecánica. Tenemos la idea de un ser que es manipulado y manipulable como una máquina, fíjense si se cumple o no en el libro. 

Los Violadores, banda de rock argentina, tienen un tema con palabras nadsat, una canción que muchos conocen: “Uno, dos, Ultraviolento”. 

Hay dos ediciones de este libro, la inglesa, que tiene un capítulo más que la estadounidense que decidió, luego de ser estrenado el film de Kubrik, amputarlo. 

[1] Burgess, en este libro muestra su gran manejo de idiomas, inventando uno propio, inspirado en el ruso, llamado “Nadsat”, que quiere decir adolescente en esa misma lengua, o sea, los adolescentes tienen su propia forma de hablar y drugos significa: amigos.